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9 de julio de 1816, un día como cualquiera, resuena una campana, parece normal, todos los días pasan, pero este, este día lleva algo más, hay gozo, alegría, valentía. Escucho pasos de 33 personas, una casita pintada de blanco o un amarrillo teñido por años, tal vez. Observo sus ojos, no son los mismos que hace unos años atrás, no. Hay brillo, un brillo que lo portan aquellos valientes, dispuestos a todo por la Libertad, le llamamos el brillo de esperanza. Sus manos comienzan a moverse, se miran unos a otros, sonríen, una sonrisa que aún vibra en el corazón de los argentinos.

Parece que ese Congreso no tiene fin, las horas pasan sin ningún comunicado, por un momento, el silencio fue el único testigo de esa reunión, pero, las puertas de esa casita se abren, un hombre grita: ¡VIVA LA PATRIA! ¡SOMOS LIBRES!
No son unas simples palabras, son palabras de libertad, palabras de esperanza que nacen de corazones oprimidos y dispuestos a brillar, ese momento, no se olvida, todos corren a abrazarse y gritan: VIVA LA PATRIA.

Este 9 de julio no fue diferente, cada 9 de julio recordamos a cientos de argentinos, abuelos nuestros, parientes, personas valientes, honorables, decisivas y sobre todo, dispuestas, personas que miraron un futuro que nos pertenece, un futuro que no puede quitarse, porque ante la presencia de Dios y con su bendición, nos dieron eso que hoy gozamos: libertad, prosperidad y amor.

Sí, mi argentino, sí vos, la Patria no está muerta, la Patria somos vos y yo, nacemos con el corazón teñido de blanco y celeste, un color de libertad, un color que cada día vemos en el cielo, en nuestras montañas. La Patria no puede ser muerta ni olvidada, porque mientras un argentino se pare y mire al cielo, sabremos que aún existe esa esperanza.

Y no te olvides, esto no pasó solo hace 204 años atrás, no, esto pasa hoy.

Esta cuarentena, nos da más ánimo para vivir, porque como aquel 9 de julio, los milagros existen y la libertad está a un paso de nuestro corazón.

¡VIVA LA PATRIA, mi argentin@, que nos una este sentimiento!

Por Layla Estarriola