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Ahí está, sostenida en un stand, se hermosea con el resto, sus colores llaman la atención de quienes la observan, su sabor también, pero ella espera, paciente por alguien, mientras se enorgullece por su contenido, sí, la hace especial.

Alguien camina hasta ella, la elige entre los precios que la resaltan, o tal vez a quienes la acompañan, pero la seleccionan entre tantas competidoras, sus cualidades le hacen pensar que vale la pena su precio. Sintiéndose orgullosa, alguien la guarda en la heladera, debe estar perfecta para cuando sea utilizada, debe satisfacer a quienes se atreven a probarla, ella ansiosa y segura, vuelve a esperar, ella sabe cuándo actuar, conoce el momento…

¡Ahí vienen de nuevo! Ella sonríe junto al resto de las botellas, es hora de demostrar el verdadero precio por el cual la compraron…
Hay muchas personas, algunas son conscientes de la notable presencia de aquella botella, otros están esperando para probarla, pero aún es el tiempo, no, recuerda: ella conoce cuando actuar… Música, canciones van y vienen, y ella actúa frente a todos lo que la prueban, primero la boca, un sabor excitante que pide más, luego el alcohol viaja por el torrente sanguíneo y actúa sobre todas esas células que no entienden qué es ese contenido, y ahora, el cerebro manda la señal de que desea más, tal vez porque quiere olvidar, tal vez porque piense que eso lo hace más divertido, o porque llenándose de él, se justifique en su actuar…

Uno, dos, tres, cuatro vasos, y la consciencia deja de actuar… El alcohol, quien alguna vez estuvo en esa botella, tiene el control… ¡Qué exquisita! Elogiada por los jóvenes en un baile… ¡Qué poderosa! Le da la fuerza de actuar contra la consciencia… ¡Qué imponente! Su sola presencia opaca a quienes no poseen su tan audaz líquido.

Alguien, lleno de ella, decide irse a casa… La botella, su contenido, recorre por sus venas, toma el volante y se siente en una película…
¡Ay si el alcohol no existiera! Eso recorre sus tan nublados pensamientos…

Sigue manejando y el paisaje se siente un poco ajeno a él ¿Dónde estoy?¿por qué las luces parecen molestar sus ojos? De pronto, la confusión toma el control del placer, de pronto, unos breves e inevitables minutos lo cambian todo: chapas por aquí, sangre por allá, una rueda a 20 metros, personas heridas y un precio impagable: alguien ha muerto, tal vez sea el catador de aquella botella o una víctima que no tenía nada que ver con ella…

Al final ¿Qué precio se pagó por la botella? ¿Qué precio puede pagar la vida por la muerte? ¿Qué precio tiene una familia envuelta por el dolor, el augurio, la desesperación de perder a quien ama?
¿Qué precio se pagó realmente por aquella botella?
¡Estafadora! ¡Disfrazadora de la verdad! ¡Mentirosa! O ¿sincera?
¿A quién culpar? ¿Quién puede pagar por todo este atroz resultado?
¿Quién la tomó?
¿Quién decidió manejar en ebriedad?
¿Quién la vendió?
¿Quién la hizo?
¿Quién la creó?
¿Quién le enseñó a alguien a beber?
¿De la falta de consciencia?
¿Quién puede asumir toda esta responsabilidad, todos esos llantos desgarradores al lado de ataúdes que son cerrados para no abrirse?
¿Quién asume todas las muertes, actos atroces justificados por el alcohol, del sacrificio de una felicidad eterna por una amargura incontrolable?
¿Quién? ¿Quién es el culpable?
Lo cierto, es que haya o no culpable, el valor de aquella hermosa y atractiva botella no puede pagar el precio de quien lo perdió todo en un abrir y cerrar de ojos, todo por beber alcohol.

Si tomás alcohol, no manejes.
Preserva la vida y disfruta los momentos de tu vida, de una forma más saludable.

Por Layla Estarriola

Foto: web