Moyano, que corre riesgo de ir a la cárcel por malversación, se alía con el kirchnerismo y paraliza la ciudad para recordar que puede colapsar todo el país con sus camioneros.
Desde hace 30 años, Hugo Moyano es el sindicalista más poderoso de Argentina. Ha visto pasar a diez presidentes, incluidos los cinco que se sucedieron en las dos semanas trágicas de 2001, con el corralito. Los políticos de un lado y otros caían, y él seguía en pie al frente de Camioneros, como el estadounidense Jimmy Hoffa, su gran modelo inspirador. Pero por primera vez, a sus 74 años, Moyano está débil, y corre riesgo real de acabar en la cárcel por el presunto uso fraudulento del dinero de su enorme sindicato, con 200.000 afiliados y un conglomerado de empresas que incluye clínicas de salud, hospitales y hoteles. El sindicalista ha decidido responder a la ofensiva judicial, que él ve dirigida por el presidente, Mauricio Macri, a la manera tradicional: con una enorme manifestación en la 9 de julio, la principal avenida de Buenos Aires, que traslade un mensaje al poder: puedo parar el país cuando quiera, ojo conmigo.
Nadie disimula en este pulso. El Gobierno ha presionado a los demás sindicalistas clave para que dejen solo a Moyano. Y lo ha logrado con los más importantes. “Son unos cagones”, dice su hijo Pablo, que ha heredado el puesto de su padre en Camioneros. Esta vez, todos hablan claro en Argentina. El Gobierno dice que Moyano tiene “comportamientos mafiosos” y que ha organizado esta marcha solo para presionar a los jueces y salvarse. “Es una marcha de tintes personales”, resume Jorge Triaca, ministro de Trabajo. Él contesta: «Si voy preso, que sea en la celda de al lado del padre de Macri».
Moyano exhibe su poder vaciando Buenos Aires con un corte total en la gran arteria de la capital. La 9 de julio es el escenario de las grandes ocasiones, de la celebración de los éxitos de la selección o del multitudinario mitin que dio paso a la victoria de Raúl Alfonsín y que ninguno de los presentes ha olvidado. Pero su exhibición está llena de riesgos. El sindicalista ha perdido el apoyo de algunos de sus colegas de otros gremios, y la CGT que él dirigió no respalda la marcha. Después de años de guerras internas con él, un hombre duro que se ha hecho fuerte a costa de debilitar a otros sindicatos –en Argentina las centrales se roban unas a otras los afiliados porque el número lo es todo y abre espacio a más poder político y económico- sus colegas no quieren seguirle en su guerra para evitar la cárcel.
Buena parte de los analistas argentinos cree que, a sus 74 años, el país austral está contemplando el final de uno de sus hombres más poderosos, sin cuya fortaleza no se entiende la historia reciente de Argentina. Pero Macri no es el primer presidente que intenta acabar con él. En pocos meses se verá si la forma tradicional de resolver las cosas en Buenos Aires, esto es con miles de personas cortando calles, sigue siendo efectiva o los tiempos han cambiado y la calle ha perdido el peso que tuvo.







