A 29 años del atentado a la embajada de Israel, el primer magnicidio terrorista en América
No sólo en Argentina, sino en el mundo, se tiende a olvidar que el mayor atentado terrorista perpetrado en el continente americano tuvo lugar en Buenos Aires, casi una década antes que se derribaran las Torres Gemelas de Nueva York.
En ese momento concitó un asombro mayúsculo. Ese crimen superaba los que ya se venían cometiendo por diversas guerrillas y, sobre todo, los que planificaba, financiaba y ponía en práctica la República Islámica de Irán. Dos años después, ante la impotencia para condenar debidamente a sus autores, tuvo lugar el ataque contra la AMIA, que multiplicó de forma alucinante el número de víctimas y la hesitación para aplastar con eficacia la cocina del terrorismo.
El ataque contra la embajada de Israel ocurrió el 17 de marzo de 1992 a las 14.45. Un furgón Ford F-100 manejado por un enajenado suicida había sido cargado con explosivos y estrellado contra el frente de la sede diplomática localizado en la esquina de Arroyo y Suipacha.
El impacto no sólo destruyó por completo la embajada, sino que dañó de forma considerable a una iglesia católica y una escuela ubicada en un edificio cercano. En ese ataque murieron 22 personas, entre israelíes y argentinos, e hirió a otras 242. Es obvio que este acto criminal no se tuvo en cuenta a personas inocentes, incluso ajenas por completo al manoseado conflicto palestino-israelí.
Pronto se empezó a lucubrar que los autores que armaron todo el procedimiento habían ingresado al país desde la región llamada Triple Frontera, donde confluyen los límites de Argentina, Paraguay y Brasil. Por allí hacía tiempo que fluía el narcotráfico y otros tipos de delitos.
La sociedad argentina e internacional expresó sorpresa por la acción tan brutal llevada a cabo en un país que se mantenía al margen de los problemas que afectan al Medio Oriente.







